La historia de Ceuta y Melilla es rica y multifacética, llena de momentos dramáticos, estrategias militares ingeniosas y anécdotas poco conocidas que dan vida a estas dos ciudades. A continuación, te presentamos un recorrido detallado, salpicado con historias fascinantes y anécdotas intrigantes que te transportarán a diferentes épocas de su agitado pasado.
La Invasión de Ceuta y la Devoción de Enrique el Navegante
El 21 de agosto de 1415, unos 200 barcos portugueses, liderados por el príncipe Enrique el Navegante, se presentaron frente al puerto de Ceuta. No llegaban en son de paz. Tan pronto como tuvieron la costa al alcance, desembarcaron y, en unas pocas horas, se adueñaron de la ciudad, que hasta ese momento había pertenecido al Sultanato Meriní, una dinastía de origen bereber surgida dos siglos antes tras la implosión del Imperio Almohade.
Los portugueses habían puesto sus ojos en Ceuta mucho tiempo antes. Habían terminado ya la Reconquista en la Península Ibérica y se hallaban inmersos en una ambiciosa empresa de descubrimiento que, a finales de ese siglo, los llevaría hasta la India. Ceuta era importante porque poseía un codiciado puerto natural justo en la entrada del mar Mediterráneo. Por eso hicieron lo posible por mantenerla, y no tardó en convertirse en un puerto de escala imprescindible para los navíos que partían con mercaderías de Oporto o Lisboa y se dirigían hacia Valencia, Barcelona e Italia. A la vuelta de unos pocos años, Ceuta se había transformado en una ciudad portuguesa dotada de formidables defensas.
Una de las primeras acciones del príncipe Enrique fue trasladar desde la Península una imagen de la Virgen, conocida como Santa María de África, y para la que levantaron un santuario. Poco después se consagró su catedral, construida sobre una mezquita que, a su vez, había sido edificada siglos antes sobre una iglesia bizantina. Nada extraño, Ceuta es una ciudad muy antigua, con más de 2000 años de historia. La contemplan capas de civilización superpuestas unas sobre las otras, la última de las cuales empezó a depositarse con la llegada de los portugueses a principios del siglo XV.
Los Castellanos y la Anexión de Melilla
Años más tarde, los castellanos terminaron su propia reconquista, anexando al Reino Nazarí de Granada. Los Reyes Católicos estaban interesados en tomar posiciones en el norte de África, como ya habían hecho los portugueses, no tanto por el prometedor comercio de la costa, sino porque desde los puertos berberiscos partían continuamente expediciones de saqueo contra las costas peninsulares.
Fijaron sus ojos en Melilla, una plaza de pequeño tamaño junto al cabo Tres Forcas, que acababa de ser arrasada por los sultanes de Fez. Juan Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, se ofreció a Fernando el Católico para tomar la ciudad en su nombre. Reunió un pequeño ejército y lo embarcó en Sanlúcar de Barrameda en septiembre de 1497. La expedición castellana, capitaneada por Pedro de Estopiñán, llegó unos días después a Melilla y la encontró en ruinas y sin habitantes. No hubo, por lo tanto, que luchar por hacerse con ella, pero tan pronto como pisaron tierra, los hombres de Estopiñán se afanaron en reconstruir la muralla para evitar que se la arrebataran.
Anécdotas Desconocidas: El Duelo de Melilla y la Torre de la Almina
Una anécdota poco conocida de la conquista de Melilla cuenta que un pequeño grupo de defensores bereberes decidió quedarse para defender su hogar. En un duelo al amanecer, Estopiñán se enfrentó al líder bereber en un combate singular. La leyenda dice que, impresionado por el valor del bereber, Estopiñán le ofreció refugio y una posición en la nueva administración castellana de la ciudad.
En Ceuta, la Torre de la Almina jugó un papel crucial durante los asedios marroquíes. Esta torre fue utilizada no solo como fortificación sino también como faro para guiar a los barcos portugueses y españoles en la oscuridad de la noche. La Torre de la Almina se convirtió en un símbolo de resistencia y esperanza, ayudando a las fuerzas defensoras a coordinar sus movimientos y resistir los asaltos enemigos.
La Fortaleza de Ceuta y la Guerra de Margallo en Melilla
En 1508, otra expedición castellana a cargo de Pedro Navarro, un marino que había servido a las órdenes del Gran Capitán en Italia, tomó el Peñón de Vélez de la Gomera, un nido de piratas que hacía imposible la navegación mercante en ese punto. La historia de Ceuta, Melilla y el Peñón de Vélez de la Gomera empezó a correr en paralelo: Ceuta en manos del rey de Portugal, y Melilla y el Peñón en las del rey de Castilla. En el siglo XV, las tres ciudades se amurallaron aún mejor de lo que ya estaban.
En Ceuta, los portugueses levantaron las Murallas Reales, a las que dotaron de dos baluartes de gran porte: el de la Bandera y el de la Coraza Alta, dos obras maestras de la poliorcética. Frente a la muralla, los ingenieros abrieron un canal navegable, el Foso Real, que transformó la península de Almina en una isla. Estas murallas reales convirtieron a Ceuta en un baluarte inexpugnable durante siglos.
En Melilla, la construcción de la Muralla Real comenzó en 1515, pocos años después de la conquista castellana. La función de esa muralla era proteger lo que hoy conocemos como Melilla la Vieja, una ciudadela ligeramente elevada sobre las aguas del puerto. A lo largo de los dos siglos siguientes, se trazaron y concluyeron diferentes recintos amurallados.
Una anécdota interesante de Melilla es la Guerra de Margallo (1893). Melilla fue atacada por los rifeños, y el General Juan García Margallo, a pesar de estar en desventaja numérica, defendió la ciudad con valentía. Se cuenta que Margallo usaba una antigua espada de un conquistador español, la cual creía que le traía suerte en la batalla. Aunque Margallo murió en combate, su legado perduró y su espada se convirtió en un símbolo de la resistencia de Melilla.
El Impacto de la Guerra del Rif y el Desembarco de Alhucemas
A finales del siglo XIX y principios del XX, Ceuta y Melilla se convirtieron en protagonistas de una nueva guerra a raíz del establecimiento del Protectorado Español en el norte de Marruecos, más conocido como el Rif. El origen del Protectorado fue la Conferencia de Algeciras de 1906 y el Convenio Hispano-Francés de 1912. El gobierno español y el francés acordaron establecer sendos protectorados con la quiescencia del Sultán. Francia administraría el protectorado meridional, y España el septentrional. Los cabileños de la zona española eran especialmente belicosos. Años antes, en 1893, el ejército español había tenido que combatirlos en la llamada Guerra de Margallo.
Lo que estalló a partir de 1909 fue una rebelión rifeña a mucha mayor escala. Ni Ceuta ni Melilla formaban parte del Protectorado, ya que eran territorio español. La capital del Protectorado se encontraba en la ciudad de Tetuán, pero dada la cercanía de los puertos de Ceuta y Melilla, las dos ciudades se vieron directamente afectadas por un conflicto que duró más de 15 años.
Melilla quedó mucho más expuesta. Varias empresas españolas mostraron su interés en explotar yacimientos de hierro cerca de la ciudad. Se construyó una línea de ferrocarril y un cargadero de mineral que se trasladaba a los altos hornos de Vizcaya y se exportaba también a Inglaterra. Toda esta actividad trajo mucha prosperidad a Melilla, cuyas calles se llenaron de elegantes edificios de estilo modernista, pero también puso la guerra en sus mismas puertas. Entre los cabileños surgió un habilidoso caudillo llamado Abd el-Krim, que puso en verdaderos apuros a las tropas españolas durante años. La guerra terminó tras el desembarco de Alhucemas en 1925.
Durante este conflicto, Ceuta jugó un papel crucial como base de operaciones para el desembarco de Alhucemas. Este fue uno de los primeros desembarcos anfibios modernos y resultó crucial para poner fin a la guerra del Rif. Una curiosa anécdota de esta operación es que los soldados españoles encontraron antiguos túneles subterráneos en Ceuta, usados previamente por contrabandistas, los cuales resultaron estratégicos para mover tropas y suministros sin ser detectados por los rifeños.
La Constitución de 1812 y la Lealtad de Ceuta y Melilla
Ceuta y Melilla fueron pioneras en la adopción de la primera Constitución española en 1812. Curiosamente, debido a su aislamiento y su lealtad inquebrantable a la Corona, ambas ciudades nunca fueron ocupadas por los invasores franceses
durante la Guerra de Independencia. Esto permitió que se convirtieran en bastiones de la legalidad constitucional y en refugios seguros para los partidarios de la Constitución de Cádiz.
Asedios Prolongados y Resiliencia de Ceuta
El asedio más prolongado en la historia de Ceuta comenzó en 1694, cuando el sultán Ismail de Marruecos intentó tomar la ciudad. Este asedio se prolongó durante 33 años, el más largo de la historia, y coincidió con la Guerra de Sucesión Española. Los británicos ocuparon Gibraltar en nombre del archiduque Carlos, aspirante a la corona española, y trataron también de tomar Ceuta, pero no tuvieron éxito. Una vez firmada la paz en Europa, el sultán volvió a intentarlo, pero la ciudad resistió.
El asedio destruyó gran parte de Ceuta, obligando a Felipe V a reconstruirla y a reforzar sus defensas. No sería el último asedio; años más tarde, el sultán Abdallah I trató de hacerse de nuevo con la plaza, pero no lo consiguió. Ceuta estaba muy bien defendida gracias a la presencia de uno de los batallones del Real Regimiento de Artillería, destinado a la ciudad por orden de Felipe V.
La Guerra de África y la Paz de Wad-Ras
En 1859, el gobierno de Isabel II acordó con el sultán Mohamed I los límites de Melilla y el Peñón de Vélez de la Gomera, pero no los de Ceuta. Para prevenir nuevos ataques, se reforzaron las defensas de esta última. En ese contexto, un grupo de cabileños atacó a las tropas españolas que reparaban los baluartes de la ciudad. El gobierno presidido entonces por Leopoldo O'Donnell declaró la guerra al sultán y avanzó con un ejército de casi 50,000 hombres sobre territorio marroquí.
La guerra duró cinco meses y se saldó con una victoria española que alumbró el Tratado de Wad-Ras. Este tratado incluía el reconocimiento explícito por parte del sultán de Marruecos de la soberanía española sobre Ceuta, Melilla y los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas. Además, supuso el reconocimiento de la soberanía española sobre el archipiélago de las Chafarinas, ocupado pacíficamente en 1848.
Modernización y Consolidación
Con la paz de Wad-Ras, Ceuta y Melilla adquirieron su extensión actual y su trama urbana comenzó a crecer rápidamente más allá de los recintos amurallados. Ambas ciudades contaban con buenos puertos y, desde 1891, se conectaron por vía telegráfica con la Península mediante cables submarinos.
Ceuta y Melilla fueron protagonistas de una nueva era durante la Guerra del Rif y el establecimiento del Protectorado Español en el norte de Marruecos. Ceuta, en particular, jugó un papel crucial como base de operaciones para el desembarco de Alhucemas, una de las primeras operaciones anfibias modernas que resultó esencial para poner fin a la guerra.
La Guerra Civil y la Independencia de Marruecos
En 1936, ambas ciudades se encontraron nuevamente en el ojo del huracán cuando parte del ejército se sublevó contra el gobierno de la República. Melilla fue la primera en caer, seguida por Ceuta, y al día siguiente la rebelión se extendió por toda España. El golpe de estado no triunfó por completo, y el país quedó fracturado y condenado a tres años de guerra civil.
Tras la Segunda Guerra Mundial, vino la descolonización del Protectorado. Marruecos logró su independencia en 1956, pero esto no afectó a Ceuta y Melilla, que siguieron siendo territorios españoles. Con la restauración de la monarquía y la Constitución de 1978, ambas ciudades pudieron conformarse como ciudades autónomas en 1995.
Anécdotas Curiosas y el Futuro Prometedor
Una curiosa anécdota durante la Guerra del Rif es que los soldados españoles encontraron antiguos túneles subterráneos en Ceuta, usados previamente por contrabandistas. Estos túneles resultaron estratégicos para mover tropas y suministros sin ser detectados por los rifeños. En Melilla, la resistencia de la ciudad durante la Guerra de Margallo, donde el General Juan García Margallo defendió la ciudad con una antigua espada de un conquistador español, se convirtió en un símbolo de la resistencia melillense.
Hoy, después de siglos de agitada historia, Ceuta y Melilla son dos pequeñas urbes especialmente dinámicas, habitadas por unas 85,000 personas cada una, y con un prometedor futuro por delante.
Conclusión
Ceuta y Melilla son dos ciudades con una historia rica y compleja, donde cada piedra y cada muralla cuentan una historia de resistencia, conquista y supervivencia. Desde la llegada de los portugueses y castellanos hasta la independencia de Marruecos y la conformación de las ciudades autónomas en 1995, Ceuta y Melilla han sido testigos y protagonistas de momentos cruciales en la historia del Mediterráneo y de España.
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